sábado, diciembre 17, 2011








Ex rehenes recuerdan primeras horas de toma de residencia del embajador japonés
Hoy se cumplen 15 años de la toma por catorce terroristas del MRTA. Samuel Matsuda, Luis Giampietri y Fernando Andrade reviven la amarga experiencia





JUAN AURELIO ARÉVALO
“¡Ese 1996 fue el peor año de mi vida!”, sentencia de arranque el ex congresista Samuel Matsuda. “Estuve cuarenta días hospitalizado porque estaba mal de la cervical. ¡Doce meses con un collarín! El embajador Aoki me había invitado a varias recepciones, pero me rehusé por el trabajo parlamentario. Hasta que a principios de diciembre nos encontramos y me dijo: ‘No vaya a faltar esta vez’. Yo le respondí: ‘¡Voy vivo o muerto!’. Aoki no me entendió la frase criolla y me preguntó preocupado ‘¡Qué cosa significa eso!’. Que de todas maneras voy, le contesté. Fui para hacer acto de presencia y terminé 126 días en su casa…”.
La suerte tampoco acompañó al vicealmirante Luis Giampietri, quien llevaba apenas unos meses como presidente del Instituto de Mar del Perú cuando recibió la invitación al coctel en conmemoración del natalicio del embajador de Japón. “¡Ni siquiera se han tomado el trabajo de averiguar quién es el presidente actual!”, reclamó en su despacho al notar que la tarjeta estaba dirigida a su antecesor.
Giampietri pensó en no asistir, pero Maritza, su secretaria, lo persuadió. Le recordó que estaban a punto de firmar un convenio con el Gobierno nipón para la donación de un buque de investigación científica y le informó que ya había llamado a la embajada para solucionar el error. La invitación era a las siete y a las siete salió el marino de su casa. Llegó una hora tarde y esa impuntualidad marcó su destino, pero también el del resto de rehenes quienes hoy le deben la vida por el papel decisivo que jugó en la crisis.
EL LUGAR EQUIVOCADOAquella fue una noche de suertes dispares. Pedro, el hermano menor del entonces presidente Alberto Fujimori, rompió su costumbre de no asistir a eventos sociales y acudió a la recepción. Fernando Andrade pudo escoger entre el coctel por el aniversario del distrito de Jesús María o el concierto navideño en el atrio de la Catedral, organizado por su hermano Alberto, pero prefirió probar tempuras, sa-shimis y sushis. El embajador ecuatoriano Horacio Sevilla (había presentado sus cartas credenciales el día anterior) optó por escuchar los villancicos junto al alcalde de Lima y no se arrepintió.
A las ocho de la noche del 17 de diciembre de 1996 apareció el Toyota azul de Matsuda en la esquina de Barcelona con Marconi. “Soy congresista”, les dijo a los policías que no le pidieron ningún documento para verificar su identidad. La falta de control también llamó la atención de Giampietri, quien en tono de broma le dijo a su esposa Marcela: “Está barato pasar”.
¡TODOS AL SUELO!Uno a uno los visitantes fueron conducidos por una alfombra negra hasta un salón donde los esperaban Morihisa Aoki y su esposa Naoko. Los embajadores, sonrientes y reverentes, saludaban a sus invitados que de inmediato pasaban al jardín posterior, cubierto por un toldo blanquirrojo. Entre los 600 asistentes destacaba por su uniforme de gala blanco el comandante de la Marina Rodolfo Reátegui, edecán del presidente, quien disculpó la ausencia del mandatario por exceso de trabajo.
“Yo llegué, saludé, pasaron 10 minutos y cuando me estaba yendo, mi amigo Hiro Sueyoshi, que era funcionario de la embajada, se me acerca y me dice que me quede un ratito para hablar de política”, recuerda Matsuda. El entonces alcalde de Miraflores, Fernando Andrade, estaba conversando bajo el toldo con la periodista Sally Bowen. “Ella me dijo: ‘A esta hora seguro sacan esos camarones fritos’, cuando escuchamos ¡Bum!”.
Eran las 8:20 de la noche. El brutal estruendo de una explosión al fondo del jardín desconcertó a todos. ¡Coche-bomba! pensaron mientras las copas caían al piso. Algunos invitados que ya se dirigían a sus autos regresaron al interior de la residencia buscando protección. Gritos de pánico acompañaron la balacera infernal. De pronto aparecieron siluetas oscuras armadas hasta los dientes. “¡Todos al suelo! ¡No nos miren carajo! ¡Al que levante la cabeza se la volamos!”. “No sé cómo nos veríamos de arriba. Inmóviles. Estampillados sobre el piso o sobre el gras […] Parecía una noche de fuegos artificiales, pero sin luces brillantes ni alegría”, escribió la periodista Alfonsina Barrionuevo.
Sueyoshi y Matsura se escondieron en un clóset de la cocina. “Él es miembro de una secta religiosa budista y empezó a rezar en japonés”, cuenta el ex congresista de Cambio 90 Nueva Mayoría. “Myo h oren ge kyo/ Ho ben po/ Dai ni” repetía mientras Matsura le susurraba “¡Vámonos!, ¡vámonos!”. A unas cuadras la entonces fotógrafa de El Comercio Inés Menacho tiró los adornos que estaba colgando en su árbol de Navidad, subió a su auto y se dejó guiar por los estruendos y una fila de patrulleros. “Los policías gritaban, disparaban al aire, pedían refuerzos. Nadie entendía qué pasaba”. Cuando Sueyoshi y Matsura abrieron la puerta de su escondite empezó una lluvia de bombas lacrimógenas. Las mujeres se cubrían con pañuelos, los hombres mojaban sus corbatas en floreros o en vasos de whisky. Una estampida de gente asfixiándose abarrotó el interior de la residencia. Entre los arbustos del jardín yacía desmayado Kotaro Kanashiro, fundador de Ajinomoto, quien recién recuperó el conocimiento al día siguiente. Andrade no olvida el momento. “Después de veinte minutos de balacera escuché: ‘Habla embajador Aoki. La situación está controlada…controlada por el MRTA”.
HORAS DE INCERTIDUMBRELa intervención del representante de la Cruz Roja en el Perú, Michael Minnig, hizo posible el inicio de las negociaciones. El jefe de la operación terrorista se presentó como el ‘comandante Hemigidio Huerta’, pero pronto supimos que se trataba del cabecilla del MRTA Néstor Cerpa Cartolini. A las 9:45 p.m., la señora Matsue, madre del ex presidente Fujimori, encabezó el primer grupo de mujeres liberadas junto con su hija Rosa. Luego les llegó el turno a los mozos. El edecán Reátegui se quitó los pantalones y la guerrera de su uniforme. Consiguió una camisa a cuadros que no le cerraba, jaló una de las cortinas y se la amarró a la cintura. Se coló en la fila de los mozos y, ni bien llegó a la puerta, empujó a uno y se echó a correr hasta ganar la calle.
El camarógrafo de América Televisión Juan Víctor Sumarriva captó el escape desde el jardín y dos horas después registró otra huida dramática. “A mí me invitaron a una recepción y terminé entre balas, bombas y terroristas. Esa no era una fiesta para quedarse”, razonó Fernando Andrade, quien se refugió en un baño, le imploró a Dios que le mandara una señal y en ese momento sonó su ‘beeper’ con un mensaje de su esposa que decía: ‘Escápate’. Se quitó el saco y los zapatos, trepó dos metros hasta deslizarse por una ventana, llegó rampando al garaje y salió hecho un misil hasta la calle.
Esa noche Menacho durmió en un auto cerca de la Clínica Italiana. Pronto encontró un lugar en el piso once de un edificio y se quedó ahí hasta el día del rescate. “¡Por el alquiler de una ventana cobraron US$ 1.500 semanales! Encima habían rentado el departamento. Los dueños estaban en Estados Unidos”, asegura la fotógrafa. Otro que no durmió en su casa fue un funcionario de una embajada latinoamericana. Cuentan en Torre Tagle que su esposa lo esperaba desesperada. Cuando finalmente apareció le preguntó:¿Estás bien? ¿Dónde has estado? Y el diplomático muy fresco contestó :“Tú sabes, en la recepción de la Embajada del Japón”. La mujer lo agarró a cachetadas por mentiroso y tramposo y el pleito terminó en divorcio.
Pero el verdadero drama estuvo en la residencia. “Esa noche yo dormí arrinconado junto al almirante Giampietri, rodeado de policías y militares. La pasé muy mal. Muy mal. El secuestro, sea cual fuese su utilización o móvil, es el más perverso de los delitos”, precisa Matsura.
Enlace
Embajador japonés ex rehén del MRTA: “El día que nos liberaron volví a nacer”

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